Hay dos imágenes que me persiguen en estos días: aquella atmósfera decadente, sombría, crepuscular, donde reina el miedo, la represión y se incuba lo perverso, tal como acontece en la película alemana que por estos días se proyecta en el Perú, “La cinta blanca”; y por otro lado las imágenes dantescas, terribles, horripilantes que incluyen no sólo bestiales torturas sino hasta actos que llevan hasta la náusea – como aquel de práctico canibalismo al que obligan a los conspiradores, el demente Ramfis, primogénito del dictador dominicano, y el psicópata Jhonny Abbes- en la inmortal “Fiesta del Chivo”[1].
Y entonces me preguntaba si acaso podría existir una relación profunda entre ambas cosas. Pensando en lo primero, viendo el ambiente micro social en que la crianza y la educación se sustenta en la generación del temor y el sentimiento de culpa; ambiente en que la figura del padre, del doctor o del pastor protestante es la de un ser omnipotente, infalible y perfecto, que a final de cuentas, son las únicas personas con derecho a pensar, a decidir y señalar el camino por que deben transitar los demás, empezando por los niños, es claro, que ahí encontramos las raíces del fenómeno autoritario, tan nocivo para la vida social moderna. Por que tras de ello, se esconde el profundo desprecio a la persona, al individuo, en contraposición al casi endiosamiento, de las figuras de autoridad y las estructuras del poder. El mensaje profundo, que amamantan desde que nacen los niños alemanes – en la película, pero también habrá que verlo en nuestro país, especialmente en las serranías del Perú- es que el individuo, la persona- mas adelante, el ciudadano- no está capacitado para pensar, tomar decisiones y a fin de cuentas, gobernarse a si mismo. No. Él siempre necesitará de otro u otros, que piensen, decidan y gobiernen su vida. Además el mensaje implica, uno más subyacente: eso siempre ha sido así – desde los albores de la humanidad- y seguirá siendo así.
Cuando en la película, el pastor, severísimo, reprende a sus hijos, y les señala lo decepcionado que está de ellos – todo debido a que a los niños se les hizo muy tarde, jugando- y los manda a dormir sin comer; al ver esos rostros, que no se explican qué es lo que está pasando, pero que aceptan aquello, por que lo dice, su padre, uno no puede dejar de sentir que se le hiela la sangre y entonces empezar a relacionar dicha actitud con el comportamiento abusivo y cruel que tendrán algunas gentes llegadas al poder, cuando tienen que sancionar, reprimir o castigar a los que consideran sus enemigos, de raza, de nacionalidad, de credo o de ideología.
Y es que lo más sorprendente acaso, viene al final, cuando sin haberse descubierto cabalmente, quién o quienes eran los causantes de los atentados y los crímenes cometidos entre las sombras, en aquel pequeño pueblo alemán, una noche iluminada se oficia la misa, y ahí, ingresan, orondos, soberbios, hechos unos rubicundos hombres, aquellos niños otrora atormentados por sus padres, y se sientan en primera fila en el templo. Los demás, guardan una actitud de asombro y casi reverencia. Eran ya, probablemente, camisas pardas, integrantes del movimiento nazi fascista en Alemania, aquel infausto y genocida fenómeno desatado por aquel demente llamado Adolfo Hitler.
Pero así como hubo un Hitler en Europa, en América Latina, tuvimos un Rafael Leonidas Trujillo, soberbiamente pintado por nuestro insigne escritor; tuvimos un Videla, un Pinochet, y en el Perú, tuvimos un Abimael, pero también un Fujimori y su siamés moral, Vladimiro Montesinos.
¿Por qué en su momento, estos tiranos – que al final se demuestran como asesinos, ladrones y seres corruptos- tuvieron tanto apoyo?
¿No es que en el fondo, existió en esencia, el mismo tipo de crianza y educación, profundamente represiva, autoritaria, intolerante, de completo desdén al individuo?
Cuando en la película –para terminar- ingresa el pastor al salón de clases, y todos los alumnos, en un solo acto, se ponen automáticamente –por que el temor ya es parte consustancial de su ser, se ha hecho costumbre- de pie, ¿no nos recuerda ello, a lo que ocurre igualmente en los cientos de miles de aulas desperdigadas por todo el territorio del Perú, cuando ingresa el maestro, el director, el cura, el prefecto u otra autoridad?
¿No es entonces, que nuestra crianza y educación tiene que cambiar de raíz, avanzando por el camino de la confianza y respeto al otro, por el camino de la libertad, del diálogo y de la democracia?
No sigamos pues, alargando especies de cintas blancas entre nosotros, ni tampoco incubando horrores infernales de autoritarismo y tiranías entre nosotros.
P. Libre, 4 de Enero de 2011
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