Ayer por la noche, pude ver la nueva película del genial Clint Eastwood[1], hombre que en sus últimos años aparece más deslumbrante que cuando se dio a conocer al mundo con “Por un puñado de dólares”, por que ahora aparte de productor, director y guionista, es también autor, como en este caso, de la música de la película. En el nuevo film, de hecho, muy diferente a todos los anteriores, Eastwood, se plantea – ¿preocupación de la edad que inexorablemente avanza?- el crucial tema de la muerte. Ya lo decía Kierkegard, de algún modo también Sartre, que el tema fundamental de la filosofía, aquello que atenaza la mente del hombre a través de todos los tiempos, es el tema de la angustia ante la muerte. ¿Qué es la vida, qué es la muerte? ¿Por qué y para qué existimos en este mundo? ¿Hacia donde vamos durante y después de la vida? ¿Existe algo más allá después de la muerte? Vaya magnitud de preguntas. Preguntas que tan sólo de formularlas nos dejan pasmados.
En la antigüedad occidental, los griegos[2] trataron de esclarecer estos asuntos cruciales a través del método socrático, artefacto supremo de la lógica y la razón, y concluyeron en que la vida es inseparable de la muerte, y que de lo uno nace necesariamente lo otro. Pero también postularon la idea del principio vital, en torno a aquello que es imperecedero: el alma. En aquel célebre diálogo entre el feísimo y genial maestro de la filosofía griega y Cebes, aquel concluyendo, señala que por mucho que la muerte se aproxime al alma, ésta no morirá, es eterna. Por tanto, luego de la muerte, el alma, regresa a la vida.
El cristianismo, esencial religión monoteísta – que surge como continuación pero en lucha abierta contra el judaísmo- se plantea el tema de la muerte de modo distinto. Se parte de la idea central de que el hombre ha sido creado a imagen y semejanza de Dios. Los hombres estamos en este mundo para cumplir los designios de la divinidad- con Jesús el mandato esencial, será: Ama a tu prójimo como a ti mismo- y buscar hacer el bien. Al morir, nos acercamos a la vida eterna. Si hemos sido buenos, nuestra alma irá al paraíso, a reencontrarnos con nuestra esencia eterna: Dios.
En la película que comento, Eastwood, presenta magistralmente entrelazadas tres historias. La primera, trata de una periodista francesa que en misión periodística sufre en carne propia las consecuencias de un tsunami en las costas de un país asiático, producto de lo cual bordea los insondables abismos de la muerte y que cuando regresa a este mundo y se reintegra a sus labores, no puede sacar de su mente, aquel acezante recuerdo, al punto que ello se convierte en una obsesión; de otro lado, está la historia de un par de gemelos en Londres, cuya madre es alcohólica, y que en circunstancias en que uno de ellos va a comprar una medicina para rehabilitar a su madre, es asaltado y que para escapar, huye, cruzando despavorido la pista, pero, oh fatalidad, un camión lo embiste y lo mata. Y finalmente, está la historia que discurre en San Francisco, donde un obrero – magistralmente interpretado por Matt Damon- tiene poderes psíquicos para comunicarse con “el más allá”, poderes que ya no quiere usar, pero que la gente que lo conoce, en especial su hermano, le ruegan, le imploran, volver a usar.
El caso es que en algún momento las historias se entrelazan. Y ello ocurre cuando el obrero ha sido despedido del trabajo, está harto de que especialmente el hermano le siga insistiendo con lo de las “lecturas” como psíquico – comunicación con el “mas allá”- y se va a Londres, a conocer entre otras cosas, la casa de su adorado Charles Dickens. Por su parte, la periodista francesa, que ha sido dejada de lado en su trabajo como entrevistadora de la televisión y ha roto con su pareja, también está en Londres, presentando su libro titulado precisamente: “Mas allá de la vida”, donde comparte con el público su experiencia límite, especie de visita al mundo de la muerte. Y ahí en Londres también está el niño que anhela comunicarse con su hermanito perdido, al punto que cuando en una feria de libros, reconoce al psíquico, no lo deja ni a sol ni sombra, hasta que éste, compadecido del niño, le hace la “lectura” y puede establecer conexión con el hermano muerto.
Al final, el psíquico, que batallaba para dejar de lado esa condición suya, especie de don sobrenatural- pero que a él le parece freack- conoce a la chica francesa, ilusionado se acerca a ella, la contempla arrobado, luego le toma la mano, y ya no hay “conexión” – con el otro mundo-. Se ha curado. Se ha vuelto un hombre normal y entonces ahora puede por fin, enamorarse.
La sensación final que deja la película, es que habiendo empezado por ser una especie de exploración sobre la muerte, un buceo por las experiencias límite que algunos seres humanos reportan haber vivido, termina siendo una película que habla mas bien sobre el encanto de la vida, sobre la capacidad de disfrute de la existencia y sobre los insuperables beneficios del amor. Es como si dijera: amigos, el paraíso no está en el más allá – tampoco está en la otra esquina, como dirían los utopistas pintados por Vargas Llosa- sino que el paraíso, está aquí, a tu lado, cuando puedes tomar de la mano a tu prójimo y eres capaz de brindarle todo el cariño del mundo, de modo natural, sin romperte la cabeza acerca de posibles sufrimientos o goces, cuando te haya llegado la hora, de pasar del mundo de la luz, al de las tinieblas.
Pero a propósito del gran tema de la muerte y de la vida y su sentido esencial, es que volví a revisar la biografía de José Donoso y una vez más, quedé sorprendido por su actitud ante la enfermedad, su deterioro, su agonía y su muerte. Veo ahí toda una lección de vida, profundas reflexiones acerca de la muerte, y acaso, lo más bello, un elogio encendido a la imaginación literaria y la escritura – aquella famosa “loca de la casa” al decir de Rosa Montero-.
Los tormentos interiores por los que pasa el escritor, son impresionantes. Enfermo de cirrosis, efecto de la hepatitis C adquirida en los EE UU, -combinada con una extraña encefalopatía-, aquél contempla con meridiana lucidez su proceso gradual de deterioro físico y mental. En algún momento se pregunta al borde de la desesperación si aquella espeluznante imagen que el espejo le devuelve, es su cuerpo. Luego como resignándose dice[3]:
“…cuerpo que ya no me sirve. ¿Pero me sirvió alguna vez? ¿Me procuró orgullo, placer, plenitud alguna vez? No, la verdad es mas bien que él no me sirve a mí, yo no lo sirvo nunca a él, no lo amé, no lo admiré y tampoco le exigí nada”.
Pero también tiene momentos cruciales en que el tema de la fe y la creencia religiosa se le pone al frente. Luego de una severa crisis de salud, María del Pilar, pide a un religioso amigo que le brinde la extremaunción. El cura, sabedor que el escritor es ateo, hace sin embargo sus mayores esfuerzos. Luego Donoso comenta:
“…cómo sufrió el pobre hombre, como de algún modo llegó a enfermarse, viendo que su prédica era totalmente en vano, y que mi muy modesta resistencia a sus verdades axiomáticas lo destruían”.
Y sin embargo, frente a todo eso, el escritor en algún momento siendo perfectamente consciente de lo que se venía, se rebela. No quiere morir. ¿Por qué? Por que quisiera seguir escribiendo eternamente. Hermoso sentido de la existencia. Como cuando en algún momento, nuestro Nobel, decía a propósito de la mítica Señorita de Somerset[4], que se pasó la vida, recluida en su casa, sin mayor contacto social, sin haber conocido físicamente hombre, tan sólo escribiendo, decía Vargas Llosa, que tuvo la más maravillosa y envidiable existencia, viviendo intensamente los grandes amores, las pasiones incontenibles, los cruciales momentos de exaltación y heroísmo, o a las simas de la crueldad y vesania, a los que puede llegar el hombre, fabulando, gozando con aquellos personajes maravillosos, llegando finalmente a conocer de modo más fidedigno y profundo el alma humana, que si se hubiera pasado la vida en sesiones de té, con seres insulsos.
Donoso dice finalmente que escribe, pelea a diario con el lenguaje, torciéndolo, jugando, amaestrándolo, para saber que vive. Es una especie de profunda verdad que busca con él, aunque es consciente que de repente lo maravilloso está precisamente en la lucha, en el juego, en el intento. Reflexiona sobre la cantidad de años que lleva haciendo eso, más de treinta, escribiendo casi a diario, y todavía no ha llegado a ninguna parte, pero sabe perfectamente, que cuando aquello le falte, es decir cuando ya no haya lenguaje, la muerte habrá llegado.
P. Libre, 9 de Enero de 2011
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