domingo, 16 de enero de 2011

Cuento 1

Todo el mundo decía que Eugenio era un retardado. Las cosas que hacía, la forma en que se comunicaba, el modo en que se vestía. Todo hacía pensar, que su mente y su actuar, estaban tristemente bañadas por un manto de opacidad. Nada había en él, que pudiera destacarse, nada –como suele ocurrir con todo mortal- que pudiera, aunque fuere por un instante, deslumbrar. Nada. Todo era tan opaco, tan gris, tan triste.

Y pensar, que alguna vez, cuando muy niño yo lo conocí, era tan distinto. De mirada vivaz, de palabra fácil, de mirada confiada. Pero aquel tiempo había quedado muy atrás. Aquellos que lo conocían, luego dijeron, que tenía un comportamiento muy extraño. Nunca hablaba con nadie, cuando algún conocido le pasaba la voz volteaba, y contestaba apenas con una especie de gruñido. No, ese muchacho no está bien, decían.

En los últimos tiempos, apenas en el invierno pasado, lo habían visto con cierta frecuencia merodear por los malecones de La Punta. Esperaba que fueran las cinco –como en el inmortal poema de García Lorca- para salir de su casa y enrumbar, como llevado por un viento extraño, hacia las playas pedregosas. Allá, gozoso, parecía volverse uno, con la densa neblina, con el acre olor a algas y con la bruma sombría, que paulatinamente se iba tragando el día. Desde aquel antiguo mirador de maderos blancos, construido el siglo pasado, su mirada se perdía en medio del espumante reventar de olas, acaso evocando todo lo que había sido hasta entonces, su existencia.

Ah, Eugenio, pobre Eugenio, acaso tu vida pudo haber sido distinta. Acaso por un momento, las gentes que te trataron, empezando por tus padres, pudieron haberse dado cuenta, todo lo que bullía dentro de ti. Pero, lamentablemente, nunca tenían tiempo. Tu padre, dedicado a su trabajo en el Municipio, paraba apurado, siempre apurado. Tu madre, mujer de mirar receloso, actitud fría y trato distante, se ocupaba especialmente de tu hermanita. No pues, para ti, nunca había tiempo. Y creciste, contemplando el diligente paso de las hormigas, que desde el jardín transitaban hacia el patio interior de tu casa, llevando el mundo entero a cuestas o por las noches, escuchando hasta el fin de los tiempos, el canto inacabable de los grillos, que como decía la Victoria, aquella única mujer venida del Ande que te dio algo de cariño, cantaban para que no se escuchara en este mundo, el lamento de las almas en pena.

Si, la Victoria, que gran mujer. Como te fascinaba, escuchar, por las tardes, luego de abrevar una leche tibia alcanzada por sus manos, sus historias de los pishtacos, de los desaparecidos y de los jarjachas, allá en Ayacucho. Especialmente estas trágicas y terribles historias de los jarjachas era lo que más te impresionaba. Historias de amor doliente, historias de pasión que envolvía a ciertos hombres y mujeres, que teniendo vínculo de sangre, de pronto se veían envueltos, atenazados, en las ardientes brasas del amor terreno; y que cuando tomando conciencia de las terribles cosas que habían hecho, iban donde el curita del pueblo, éste era el primero en condenarlos. No hay perdón de Dios, tronaba en el templo, el hombre de negro, no hay perdón. Son ustedes unos miserables. Y aquellas almas tristes, entonces, tenían que irse del pueblo, condenados a arrastrar sus vergüenzas y sus culpas, a lugares remotos.

Esas noches, en que a la luz del candil, escuchabas estas terribles historias, no querías luego irte a tu cuarto; incluso varias veces lloraste en los hombros de la Victoria, para que ella no te dejara solo, por que convencido estabas que esa noche, en medio de las más profunda soledad de tu cuarto, los condenados, vendrían a visitarte, ellos vendrían a mirarte, acaso con odio, y que si la Victoria no hacía nada, eran tan malos, que jalándote de las patas, te llevarían con ellos.

¿Y la Milagritos, tu hermanita? ¿Como era que te trataba ella? Tú siempre dijiste que era lo mejor que había pasado en tu vida. Cuando ella nació, y en la medida que iba creciendo, y con el tiempo se ponía cada vez más preciosa, tú decías – y así, encontraron en algunas notas entre tus cosas- que era la belleza hecha realidad, decías que el cielo y las estrellas palidecían ante su hermosura, decías que la noche sería solo noche de por siempre, si no existiera Milagritos. Que extraño designio habría- te preguntaste muchas veces- para que mientras ella creciera y se volviera más y más bella, con aquellos resplandecientes ojos de esmeralda y aquel cabello como de oro derretido, tú te volvieras cada vez más torpe, más limitado y mas feo. Eso es lo que tú pensabas Eugenio, eso es lo que tú creías.

Pero ella te quería Eugenio, te quería. Si había que ver, como cuando tú llegabas de la escuela, ella iba corriendo en tu busca. Y te abrazaba y te besaba, y entonces para ti, el día entero se iluminaba. Pero claro, eso era cuando ella tenía 5 o 6 añitos. Pero al parecer todo cambió cuando ella cumplió los 15. La insondable belleza de aquel rostro adornado con esos gitanos ojos verdes, era parte ahora de una muchacha esbelta, cuyas lindas formas de mujer se iban configurando, como si un genial pintor así la hubiera imaginado. Y cuanto sufriste Eugenio, cuando esa aciaga noche de sus quinceaños, luego de haber bailado el Danubio con tu padre, antes de bailar contigo, que casi escondido hacia un lado de la sala, esperabas expectante, prefirió bailar, con Daniel aquel patancito del barrio, y solo por que era vivaz, de palabra fácil y guapo. Y luego danzó en el centro de su mirada toda la noche, y Milagritos, era feliz, rozaba las estrellas con las manos, y tú, te sentías el ser más despreciable del mundo.

Los que estuvieron ahí, esa noche, contaron que de pronto, desapareciste. Alguno te vio entrar apresurado a tu cuarto, aquel lugar sombrío que quedaba en el sótano de tu casa. Más cerca del infierno, siempre pensaste. Desde entonces, dicen, que ya no salías para nada de ahí. Incluso, no querías ver a la Victoria, que cansada de rogarte para que comas, te dejaba el plato de comida, al pie de tu puerta. Y te pasabas las noches en vela, aterrorizado por los jarjachas, y contemplando, entre sueños, terriblemente asustado, como se iba poniendo cada día mas preciosa, tu hermanita.

Anoche me enteré que tuvieron que tirar abajo, la puerta de tu cuarto, allá en el sótano. Acaso hundiéndote en la densa y misteriosa bruma de la Punta, soñando con encontrarte con tu hermanita en medio de las procelosas aguas, que reventaban como fuego blanco de artificios en la orilla, te habías despedido de este mundo. Hacia un lado, en tu velador, delicados papel seda color celeste con anotaciones poéticas- ¿quien decía que eras retardado Eugenio?-, un vaso con restos de la llamada bebida de sabor nacional, y un poco más allá, un sobre entreabierto de platina colorada conteniendo aún restos de poderoso raticida. Los jarjachas, al final, habían cumplido su cometido.

P. Libre, 14 de Enero de 2011

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