domingo, 16 de enero de 2011

Paris era una fiesta

“Imagina lo que representa querer ser escritor y sentir la vocación en todas las fibras del cuerpo y sin embargo fracasar siempre”

E. Hemingway

Me gusta recordar al Hemingway de 25 años, descubriendo la vida, conociendo a los íconos de su juventud: su admirado Joyce, la insuperable Gertrude Stein, al grande y noble Ezra Pound; escribiendo en sus libretas de lomo azul, sacando punta a su lápiz hasta el infinito, en algunos de los bellos y bohemios cafés de Paris.

Me gusta recordarlo con todo aquel ímpetu juvenil, que sólo se tiene una vez en la vida, y que corresponde precisamente a la época en que uno se cree capaz de conquistar el mundo, y de hacer, contra viento y marea, de su más profunda vocación una realidad terrena.

Me gusta recordarlo paseando, en plena batalla con sus demonios interiores, al borde del Sena, caminando en dirección al boulevard de Montparnasse. Ah, maravilla de barrio bohemio, pleno de coloridos cafés, ahí donde cada tarde se reúnen los escritores, los pintores, los músicos de comienzos de siglo, recordarlo como aquella tarde en que llegando a las Closeries des Lilas se encuentra con el célebre pintor Pascin y éste le presenta a dos chicas, una bajita, morena y de muy buenas formas, y otra, rubia, algo tonta pero igualmente bella, y se las presenta diciendo que una es la hermana buena y la otra, la mala, y que con cual quería irse a la cama.

Me gusta recordarlo en sus temerarias travesías en medio del África, ataviado con su chaqueta y sombrero de cazador para ir tras los más feroces tigres, luego de tomarse un buen trago de whisky; y como no, también recordarlo cuando, comprometido a más no poder, participa como voluntario en las brigadas republicanas en España, y vive experiencias terribles que luego trata de hacer emerger en aquella maravilla narrada que es Por quien doblan las campanas.

Me gusta recordarlo, más adelante, entregado en cuerpo y alma a otra de sus pasiones, la pesca, allá en las playas de la Habana; habiéndose tomado previamente varios mojitos en la Floridita, y acaso buscando la inspiración suprema, para un poco más tarde, iluminado por una luna color naranja y refrescado por los agitados vientos del sur, escribir aquella epopeya moderna llamada El viejo y el mar; en tiempos en que él mismo llegó a pensar que ya estaba derrotado. Y sin embargo es capaz de crear semejante obra maestra, como diciendo al mundo, aquí estoy, sigo siendo un creador, no estaba derrotado. Eterna lucha del hombre contra lo que por momentos pareciera ser su inexorable destino: la derrota; y que sin embargo, como el ave fénix, en este caso Hemingway en representación de toda la especie humana, nos dice que siempre somos capaces de levantarnos de entre nuestros escombros.

Me gustaría creer que terminó sus días, no como producto de un accidente, ni mucho menos por efectos del Alzheimer –como algunos, profundamente temerosos ante la muerte, se atreven a decir por ahí- sino llevando hasta las últimas consecuencias, sus principios de hombre libre, hombre comprometido con su tiempo y con su vocación de creador impenitente de ficciones, y que en los postreros instantes evocaba, maravillado, gozoso, pleno de vida, que Paris era una fiesta, reviviendo la bella época en que era un soñador, un hombre valiente, que amaba a una mujer clara- como diría el gran Silvio- y se entregaba en cuerpo y alma a su pasión: escribir. ¿Para qué pedir más a la vida, si ésta ya se lo había dado todo?

P. Libre 11 de Enero de 2011

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