martes, 25 de enero de 2011

La violencia está en la mente

“El Perú está en camino una vez más de construir una democracia. Lo está por méritos de quienes se atrevieron a no creer en la verdad oficial de un régimen dictatorial; de quienes llamaron a la dictadura, dictadura, a la corrupción, corrupción; al crimen, crimen. Esos actos de firmeza moral, en las voces de millones de ciudadanos de a pie, nos demuestran la eficacia de la verdad” S. Lerner (Comisión de la Verdad y la Reconciliación)

Desde hace unos días, resuena en los medios, la propuesta de algunos candidatos que anuncian que de llegar al poder otorgarían indulto, supuestamente por razones de salud, a Alberto Fujimori Fujimori. Dichas propuestas, aparentemente teñidas de inocencia, representan sin embargo, un peligro para la democracia en el Perú.

Y es que detrás de dichos aspavientos mediáticos, subyace una concepción y una valoración acerca de lo que es la democracia representativa, el sistema de partidos políticos, la crisis y la guerra interna que sufrió el país a partir de los 80, la forma en que actuaron las Fuerzas Armadas y los Servicios de Inteligencia y a partir de ahí, una valoración específica del gobierno encabezado por el ciudadano Fujimori.

Quizá la expresión mas franca de todo esto, lo haya dado recientemente la supuesta enfermera que atiende al ilustre preso, cuando ha declarado, que éste es un héroe de la patria, y no lo dice pero lo da a entender, injustamente encarcelado.

Realmente una persona que está mínimamente informada acerca de lo que ocurrió en el país en los últimos 25 años ¿puede afirmar eso, sin mayor sentimiento de culpa por estar faltando de modo flagrante a la verdad, o es que en verdad, en lo más profundo de su mente, cree convencidamente en lo que está diciendo?

Por que es conocido por todos, que el ciudadano que hoy se encuentra preso, purgando condena por violación de derechos humanos - delitos de lesa humanidad-, tuvo conocimiento (por lo menos eso está probado de modo categórico), de los diversos operativos, que en la etapa más álgida de la ofensiva terrorista, culminaron en horrendos crímenes como los de Barrios Altos, La Cantuta, El Santa y otros. Todos ellos, envueltos, recubiertos, y justificados, con bonitas palabras, como la defensa de la patria, la libertad y la democracia.

Y aquí no se trata, de ninguna manera, de defender ni mucho menos, la vesania terrorista – tan sólo de evocar lo de Tarata, que dejó como terrible saldo, 20 muertos, 132 heridos y 8 personas ciegas, se nos escarapela el cuerpo- sino tan sólo de apelar al principio esencial del estado de derecho, y en virtud a lo cual, éste ha demostrado ser un elemento de avanzada en el proceso civilizatorio de la humanidad: el que los delitos deben ser determinados, juzgados y sancionados con la ley en la mano. No se puede actuar del mismo demencial modo, ni reaccionar de la misma brutal y salvaje forma, tal como actúa el terrorista. Si las autoridades elegidas, el régimen establecido, las instituciones, actúan de la misma manera que el mentalmente envenenado terrorista, entonces, desde un punto de vista ético, no hay mayor diferencia.

Ya en su tiempo, en una histórica polémica entre Sartre y Camus[1], éste último zanjó la discusión acerca de la ética en las relaciones humanas, señalando que ningún fin, justifica los medios, y apelando a Kant, marcó a fuego, que el hombre es un fin en si mismo. En tal sentido, ningún ideal, objetivo político, estructura económica o estado constituido, puede estar por encima de la persona humana. De ahí, que se cuestione tanto a los regímenes políticos dictatoriales, como a la voracidad inhumana de ciertos regímenes capitalistas – por algunos englobados en el término de “capitalismo salvaje”-.

Entonces, volviendo al punto, eso es lo que en esencia se cuestiona al régimen de Fujimori, y sus secuaces, Montesinos, Nicolás de Bari, Martin Rivas, Pichilingüe, y demás especimenes. Si el estado y el gobierno democrática va actuar de la misma manera que el terrorista, haciendo de la prehistórica ley del talión, su emblema, pues ¿cuál es la diferencia ética, entre unos y otros?

Eso es entonces, lo que cada político, cada líder de opinión, cada respetable ciudadano debería difundir y esclarecer ante las nuevas generaciones, eso en última instancia, es educación cívica y política. De esa forma se construye democracia, de esa forma se hace patria.

Pero ciertamente que el asunto no es sencillo. Por que cuando, años atrás, en abril de 1,992 se produce al autogolpe y Fujimori disolvió el Congreso, persiguió a la oposición, y entregó todo el poder a las Fuerzas Armadas, el pueblo peruano, en su gran mayoría, aplaudió la medida.

¿Y antes, cuando en la década del 80, el país entero se desangraba, y la mayoría de los peruanos, doblegados ya por el miedo, se recluía en sus casas, y pasivamente dejaban que las cosas se resolvieran entre los militares y Sendero Luminoso?

El caso, es que en lo más profundo de nuestro ser, y de nuestro psiquismo, parece anidarse un núcleo autoritario, difícil de superar. Cuando alguien dijo, que en la mente de cada peruano, hay un Toledo –por el virrey español- y un Huayna Cápac, se estaba refiriendo a que tenemos al monarca o al Inca, metidos muy dentro de nosotros; y ya sabemos qué relación existía entre dichos personajes y sus súbditos: relación vertical, de dominio y sumisión total.

A los peruanos no es pues muy difícil, pensar en términos de democracia, de tolerancia, de libertad. De hecho que a todo ello se aúnan los estilos de crianza y educación tal como en artículo anterior[2] lo sosteníamos. Educación represiva, autoritaria, intolerante, de completo desdén al individuo. De aplastamiento del necesario aire de libertad, para que florezca el pensamiento propio y la creatividad.

Pero de otro lado, y quizá a un nivel más profundo, nuestra misma historia nos ha venido diciendo que hay un grave problema en el país. Cuando ocurrió lo de Uchuraccay, y Vargas Llosa, junto a Max Hernández, Luis Millones, el propio Ministro de Cultura actual, Juan Ossio, fueron a las alturas de Huanta- ahí donde había ocurrido la masacre de los 8 periodistas- para entrevistar a los comuneros, cuando regresaban a la ciudad, cabizbajos, pensando en la desgracia acontecida, de pronto, una luz se hizo en la mente de Vargas Llosa: claro, el grave problema era que entre nosotros todavía existe la profunda creencia de hay peruanos prescindibles. Esta constatación era terrible, por que era, como de pronto, entender todo lo que había ocurrido a lo largo de la historia. Desde la época del incanato, algo que se agudizó con la conquista y la colonia, apareció también en las mismas batallas y guerras de emancipación, y luego, a todas luces emergió durante la república; todo lo cual, ahora, fatídicamente, se redondeaba casi finalizando el siglo XX. En el Perú, habían pues peruanos de 2da. Y de 3era. categoría; más que eso, peruanos, que bien podrían estar hoy día, y mañana ya no, y no pasaba nada.

Solo a partir de ello se explica por qué dentro de las cerca de 70, 000 víctimas- entre muertos y desaparecidos que descubrió la Comisión de la Verdad, en su mayor porcentaje, eran hombres de origen indígena y quechua hablantes.

Entonces, el problema a atacar es mucho más grave. No es tan sólo que a ciertos politicastros se les ocurra lanzar tal o cual propuesta – que tal como hemos analizado socava la democracia-, sino el que dichas propuestas tengan eco en la población. Si ello todavía sigue ocurriendo así, quiere decir que en poco tiempo volveremos a contemplar los sufrientes rostros de ancianas vestidas con polleras, que volverán a llorar por sus hijos perdidos en medio de la nueva violencia que una vez más azotará al Perú.

P. Libre, 23 de Enero de 2011



[1] Vargas Llosa, M. “Contra viento y marea (1962-1982)”. Edit. Seix Barral. España. 1983

[2] ¿Una cinta blanca para la educación peruana? ricardocanalesperu.blogspot.com

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