lunes, 10 de enero de 2011

Macondo

Hay un hermoso artículo de Vargas Llosa[1], sobre Gabriel García Márquez y sus “Cien años de soledad”, de cuando aún eran uña y mugre, y con sus respectivas parejas, recorrían fascinados las viejas calles de Paris, se tomaban una copa de vino en algún café de Montparnasse y envueltos en olor de literatura, escribían para así poder salvar al mundo.

En él pasa revista a la fascinante historia de este colombiano genial, que en 1,954 recaló en Bogotá, iniciándose en la vida periodística en “El Espectador”, para poco tiempo después, viajar a Italia, como corresponsal para cubrir la muerte del Papa Pío XII, suceso que para fortuna nuestra, duró varios años. Luego de estudiar cine en Roma, Gabo pasó a París, y a la manera de su maestro, el gran Faulkner que vivía de fiado en prostíbulo, dedicándose tan sólo a escribir, igual, el gran colombiano, lo hizo, bajo el manto protector de las putas francesas. A ellas entonces debemos aquel magistral relato: “El coronel no tiene quien le escriba”.

Años después, volvió a América, se casó con su Mercedes de toda la vida, luego viajó a los EEUU a trabajar en la agencia norteamericana de “Prensa Latina”, para tiempo después, dejándolo todo, y acompañado siempre por su Mercedes, se decidió a recorrer por carretera el sur norteamericano. Acaso anhelaba contemplar entre los inmensos algodonales o las herrumbrosas cabañas, la imagen del escritor por antonomasia, sí, volver a ver a su adorado Faulkner.

Pero fue en 1,965 que ocurrió el milagro. Viajaba de México a Acapulco, con Mercedes y sus hijos, cuando de pronto todo se iluminó en su mente. “Debía contar la historia, tal como mi abuela me contaba las suyas, partiendo de aquella tarde en que el niño es llevado por su padre a conocer el hielo[2]”. Luego de ello, teniendo completamente clara la historia en la mente, se encerró en su escritorio, aprovisionado tan sólo de cigarrillos y una buena cantidad de papel, y salió de ahí, 18 meses después, con aquella maravilla de la literatura universal que se llama: “Cien años de soledad”. A partir de ahí, todo fue como un cuento de hadas. El libro, con un primer tiraje de 20, 000 ejemplares se agotó en pocas semanas, y luego vinieron las múltiples reimpresiones y ediciones en la más variadas lenguas del mundo. Un nuevo Cervantes, alumbraba las letras en español, pero no solo eso, se ubicaba entre las más altas creaciones latinoamericanas de todos los tiempos.

Macondo es creación, fantasía, universo hecho de palabras, pero también es realidad doliente latinoamericana; Macondo es la explotación, la injusticia, el abuso – representado por el aplacamiento a sangre y fuego de los huelguistas en la estación del ferrocarril- refrendado por los politicastros de siempre, aupados al poder de turno, pero también es el heroísmo rayano en la locura, que representa el coronel Aureliano Buendía, héroe de mil y una guerras –acaso en ello también vemos representado al típico guerrillero latinoamericano-; y Macondo, finalmente también es, la larga estirpe de los Buendía, que se aman, se odian, luchan entre ellos, se entrematan –como nuestros pueblos y naciones- , y al final, nunca logran la felicidad anhelada, sino mas bien, se frustran en medio de la soledad y de la tristeza.

Detrás de todo ello, acaso metáfora doliente de nuestra América latina, se esconde un gran asunto. Todos en Macondo, actúan como si los actos, desde los más cotidianos, hasta los más sublimes, estuvieran ya predeterminados. Es la fuerza imperiosa del destino, podría decir alguien. Es el peso ineludible de la tradición, de la sangre y de la raza, podría decir otro. Lo cierto, es que a la manera de los grandes y trágicos dramas griegos, en Macondo, todo se determina por las inexorables leyes del mundo, de la historia[3], de la familia. En conclusión, no existe la libertad, en dicho paraje mítico.

¿Hasta que punto, entonces, nuestros niños y jóvenes latinoamericanos, crecieron alimentados por dicha mentalidad fatalista, mamando de dicha cultura, al punto de no creer en sus propias capacidades, al punto de no ejercer su libre albedrío y su volición, para enrumbar su vida, tal como su talento, su determinación y sus sueños lo establecían?

Replantear dichos esquemas mentales, reformular aquella profunda cosmovisión, reasumir libremente y con determinación, las riendas de nuestro propio destino, como personas, como país, como América Latina, he ahí el gran reto que tenemos el día de hoy, por delante.

P. Libre, 6 de Enero de 2011



[1] Vargas Llosa, M. “Cien años de soledad: el Amadis en América” en: “Sables y utopías. Visiones de América Latina”. Edic. Santillana. Perú. 2009

[2] García Márquez, E. “Tras las claves de Melquíades”. Edit. Norma. Bogotá. 2,001

[3] Casi a la manera como lo pintaba Stalin, en “Cuestiones del leninismo”, cuando refiriéndose al materialismo dialéctico e histórico, decía que era la ciencia que contenía las leyes del universo, de la sociedad y del pensamiento humano.

No hay comentarios:

Publicar un comentario