En algún momento los escritores se preguntan por qué y para qué se escribe. ¿Por qué afrontar cada día, cada noche, la terrible sensación de que se va la vida y no podemos escribir unas páginas más? ¿Qué hay detrás de esa angustia, de esa desesperación, por batallar contra los demonios interiores, especie de torvos gallinazos que picotean el vientre de Prometeo, para finalmente dejar escrito en palabras todos aquellos tormentos? ¿Por qué no vivir la vida, de modo normal, dejándola pasar, dejándose ir, simplemente viviéndola? ¿Cómo explicar aquella fuerza interna, especie de compulsión, que nos lleva a la tortura diaria, para superar la angustia de la página en blanco?
Es que con la escritura, en especial con la escritura creativa, ocurre algo singular, algo inexplicable quizá a la luz de la razón, algo mágico en verdad. Y es que cuando uno empieza a escribir, parte de una idea, de una sensación, de una imagen. Es algo que está ahí, algo que vimos, algo que escuchamos, de repente un olor, una melodía, acaso tropezar con el codo a una viejecita, y entonces, las imágenes que como palomas blancas, vuelan hacia nosotros. Y empezamos a escribir algo. Al principio, algo que no tiene forma, algo que va fluyendo, como torrente de palabras, de sensaciones, de imágenes, que van tomando un curso, que van buscando un cauce. Así ocurre, desde la elaboración de una simple carta a un familiar o a una autoridad, hasta la redacción de un artículo o un ensayo, hasta llegar a la excelsa creación de un poema, de un cuento o de una novela.
Y entonces es que va ocurriendo el milagro. Las palabras, las formas sintácticas, el sentido profundo, va tomando forma; cada cosa va encontrando su lugar. Y se va produciendo la anhelada sinfonía, el goce supremo, la fiesta excelsa de la palabra. Y así van apareciendo las mejores imágenes en el poema, aquel rapto de luz que de pronto lo ilumina todo, igual en el cuento o en la novela, cuando los personajes toman forma corpórea, y en forma súbita su biografía entera se ilumina, y la trama del relato va apareciendo en forma nítida, chisporroteante, y entonces, el escritor, siente que valió la pena esperar. Siente que valió la pena, la angustia, el martirio, por que al final, la vida, la mente, en buena parte, el inconsciente, lo recompensan con el goce supremo de la creación literaria.
De hecho a un nivel más profundo, el escritor, siente, está convencido de que la vida es muy corta. Contemplándose en la vastedad y en la eterna historia del universo, una vida individual es nada. Y recuerda, como en su momento lo dijera, Kierkegard, que la angustia suprema del hombre es saber que inexorablemente va camino a la muerte, y entonces, piensa que acaso, lo único que podría quedar de nuestro paso por este mundo, es, como antaño –hace 35,000 años- ocurrió con las primeras inscripciones en las cuevas rupestres, es la letra, la palabra escrita. Todo lo otro, se lo llevará el viento y el tiempo. Y acaso, es desde las profundidades de la historia humana, de donde le viene esa especie de mandato: escribe, escribe, escribe.
Recuerdo nítidamente la primera vez que fui al cine. Fui con mi madre, yo tendría unos 5 años. Y fuimos a ver: “Mendigar o morir”, tristísima historia de unos niños hindúes que pasan peripecias miles para sobrevivir en medio de la más lacerante pobreza. Y sin embargo en tan terribles circunstancias, de las cuales no eran conscientes, encontrando diversas formas y estrategias para sobrevivir, eran felices. Yo también en esos momentos, muy cerca de mi madre, también viniendo de un hogar pobrísimo, era feliz.
Hoy, parafraseando aquel mítico título del film, siento que también al plantearme lo de Escribir o morir, puedo ser, optando por lo primero, igualmente feliz.
P. Libre, 3 de enero de 2011
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