lunes, 10 de enero de 2011

Macondo

Hay un hermoso artículo de Vargas Llosa[1], sobre Gabriel García Márquez y sus “Cien años de soledad”, de cuando aún eran uña y mugre, y con sus respectivas parejas, recorrían fascinados las viejas calles de Paris, se tomaban una copa de vino en algún café de Montparnasse y envueltos en olor de literatura, escribían para así poder salvar al mundo.

En él pasa revista a la fascinante historia de este colombiano genial, que en 1,954 recaló en Bogotá, iniciándose en la vida periodística en “El Espectador”, para poco tiempo después, viajar a Italia, como corresponsal para cubrir la muerte del Papa Pío XII, suceso que para fortuna nuestra, duró varios años. Luego de estudiar cine en Roma, Gabo pasó a París, y a la manera de su maestro, el gran Faulkner que vivía de fiado en prostíbulo, dedicándose tan sólo a escribir, igual, el gran colombiano, lo hizo, bajo el manto protector de las putas francesas. A ellas entonces debemos aquel magistral relato: “El coronel no tiene quien le escriba”.

Años después, volvió a América, se casó con su Mercedes de toda la vida, luego viajó a los EEUU a trabajar en la agencia norteamericana de “Prensa Latina”, para tiempo después, dejándolo todo, y acompañado siempre por su Mercedes, se decidió a recorrer por carretera el sur norteamericano. Acaso anhelaba contemplar entre los inmensos algodonales o las herrumbrosas cabañas, la imagen del escritor por antonomasia, sí, volver a ver a su adorado Faulkner.

Pero fue en 1,965 que ocurrió el milagro. Viajaba de México a Acapulco, con Mercedes y sus hijos, cuando de pronto todo se iluminó en su mente. “Debía contar la historia, tal como mi abuela me contaba las suyas, partiendo de aquella tarde en que el niño es llevado por su padre a conocer el hielo[2]”. Luego de ello, teniendo completamente clara la historia en la mente, se encerró en su escritorio, aprovisionado tan sólo de cigarrillos y una buena cantidad de papel, y salió de ahí, 18 meses después, con aquella maravilla de la literatura universal que se llama: “Cien años de soledad”. A partir de ahí, todo fue como un cuento de hadas. El libro, con un primer tiraje de 20, 000 ejemplares se agotó en pocas semanas, y luego vinieron las múltiples reimpresiones y ediciones en la más variadas lenguas del mundo. Un nuevo Cervantes, alumbraba las letras en español, pero no solo eso, se ubicaba entre las más altas creaciones latinoamericanas de todos los tiempos.

Macondo es creación, fantasía, universo hecho de palabras, pero también es realidad doliente latinoamericana; Macondo es la explotación, la injusticia, el abuso – representado por el aplacamiento a sangre y fuego de los huelguistas en la estación del ferrocarril- refrendado por los politicastros de siempre, aupados al poder de turno, pero también es el heroísmo rayano en la locura, que representa el coronel Aureliano Buendía, héroe de mil y una guerras –acaso en ello también vemos representado al típico guerrillero latinoamericano-; y Macondo, finalmente también es, la larga estirpe de los Buendía, que se aman, se odian, luchan entre ellos, se entrematan –como nuestros pueblos y naciones- , y al final, nunca logran la felicidad anhelada, sino mas bien, se frustran en medio de la soledad y de la tristeza.

Detrás de todo ello, acaso metáfora doliente de nuestra América latina, se esconde un gran asunto. Todos en Macondo, actúan como si los actos, desde los más cotidianos, hasta los más sublimes, estuvieran ya predeterminados. Es la fuerza imperiosa del destino, podría decir alguien. Es el peso ineludible de la tradición, de la sangre y de la raza, podría decir otro. Lo cierto, es que a la manera de los grandes y trágicos dramas griegos, en Macondo, todo se determina por las inexorables leyes del mundo, de la historia[3], de la familia. En conclusión, no existe la libertad, en dicho paraje mítico.

¿Hasta que punto, entonces, nuestros niños y jóvenes latinoamericanos, crecieron alimentados por dicha mentalidad fatalista, mamando de dicha cultura, al punto de no creer en sus propias capacidades, al punto de no ejercer su libre albedrío y su volición, para enrumbar su vida, tal como su talento, su determinación y sus sueños lo establecían?

Replantear dichos esquemas mentales, reformular aquella profunda cosmovisión, reasumir libremente y con determinación, las riendas de nuestro propio destino, como personas, como país, como América Latina, he ahí el gran reto que tenemos el día de hoy, por delante.

P. Libre, 6 de Enero de 2011



[1] Vargas Llosa, M. “Cien años de soledad: el Amadis en América” en: “Sables y utopías. Visiones de América Latina”. Edic. Santillana. Perú. 2009

[2] García Márquez, E. “Tras las claves de Melquíades”. Edit. Norma. Bogotá. 2,001

[3] Casi a la manera como lo pintaba Stalin, en “Cuestiones del leninismo”, cuando refiriéndose al materialismo dialéctico e histórico, decía que era la ciencia que contenía las leyes del universo, de la sociedad y del pensamiento humano.

lunes, 3 de enero de 2011

Perú: escribir o morir

En algún momento los escritores se preguntan por qué y para qué se escribe. ¿Por qué afrontar cada día, cada noche, la terrible sensación de que se va la vida y no podemos escribir unas páginas más? ¿Qué hay detrás de esa angustia, de esa desesperación, por batallar contra los demonios interiores, especie de torvos gallinazos que picotean el vientre de Prometeo, para finalmente dejar escrito en palabras todos aquellos tormentos? ¿Por qué no vivir la vida, de modo normal, dejándola pasar, dejándose ir, simplemente viviéndola? ¿Cómo explicar aquella fuerza interna, especie de compulsión, que nos lleva a la tortura diaria, para superar la angustia de la página en blanco?

Es que con la escritura, en especial con la escritura creativa, ocurre algo singular, algo inexplicable quizá a la luz de la razón, algo mágico en verdad. Y es que cuando uno empieza a escribir, parte de una idea, de una sensación, de una imagen. Es algo que está ahí, algo que vimos, algo que escuchamos, de repente un olor, una melodía, acaso tropezar con el codo a una viejecita, y entonces, las imágenes que como palomas blancas, vuelan hacia nosotros. Y empezamos a escribir algo. Al principio, algo que no tiene forma, algo que va fluyendo, como torrente de palabras, de sensaciones, de imágenes, que van tomando un curso, que van buscando un cauce. Así ocurre, desde la elaboración de una simple carta a un familiar o a una autoridad, hasta la redacción de un artículo o un ensayo, hasta llegar a la excelsa creación de un poema, de un cuento o de una novela.

Y entonces es que va ocurriendo el milagro. Las palabras, las formas sintácticas, el sentido profundo, va tomando forma; cada cosa va encontrando su lugar. Y se va produciendo la anhelada sinfonía, el goce supremo, la fiesta excelsa de la palabra. Y así van apareciendo las mejores imágenes en el poema, aquel rapto de luz que de pronto lo ilumina todo, igual en el cuento o en la novela, cuando los personajes toman forma corpórea, y en forma súbita su biografía entera se ilumina, y la trama del relato va apareciendo en forma nítida, chisporroteante, y entonces, el escritor, siente que valió la pena esperar. Siente que valió la pena, la angustia, el martirio, por que al final, la vida, la mente, en buena parte, el inconsciente, lo recompensan con el goce supremo de la creación literaria.

De hecho a un nivel más profundo, el escritor, siente, está convencido de que la vida es muy corta. Contemplándose en la vastedad y en la eterna historia del universo, una vida individual es nada. Y recuerda, como en su momento lo dijera, Kierkegard, que la angustia suprema del hombre es saber que inexorablemente va camino a la muerte, y entonces, piensa que acaso, lo único que podría quedar de nuestro paso por este mundo, es, como antaño –hace 35,000 años- ocurrió con las primeras inscripciones en las cuevas rupestres, es la letra, la palabra escrita. Todo lo otro, se lo llevará el viento y el tiempo. Y acaso, es desde las profundidades de la historia humana, de donde le viene esa especie de mandato: escribe, escribe, escribe.

Recuerdo nítidamente la primera vez que fui al cine. Fui con mi madre, yo tendría unos 5 años. Y fuimos a ver: “Mendigar o morir”, tristísima historia de unos niños hindúes que pasan peripecias miles para sobrevivir en medio de la más lacerante pobreza. Y sin embargo en tan terribles circunstancias, de las cuales no eran conscientes, encontrando diversas formas y estrategias para sobrevivir, eran felices. Yo también en esos momentos, muy cerca de mi madre, también viniendo de un hogar pobrísimo, era feliz.

Hoy, parafraseando aquel mítico título del film, siento que también al plantearme lo de Escribir o morir, puedo ser, optando por lo primero, igualmente feliz.

P. Libre, 3 de enero de 2011

José Donoso: escribir o morir II

María del Pilar- como muchísimas mujeres en el mundo- sufría terriblemente por no poder darle descendencia a su marido. A lo largo de su atormentada vida, ésta fue una de las heridas más profundas, de la que quizá nunca pudo sanar. En la biografía del escritor hay un pasaje particularmente dramático: se encontraba él, batallando con sus demonios interiores para tratar de dar forma al Obsceno pájaro…y recibe la llamada de sus hermanos, anunciando visita a su casa de campo en Santa Ana, Chile. Eran los primeros tiempos del matrimonio, María del Pilar había sido operada hacía poco de quistes ováricos. Y ocurrió que a pesar de una inicial y diplomática negativa, los hermanos junto a sus hijos se aparecen por su casa. El escritor, se esfuerza por atenderlos. María del Pilar, sigue enojado, por que interrumpen el trabajo de su marido, hasta que un momento, él le dice que los deje solos. Ella se va a su cuarto, se encierra y se pone a tomar. Lo que ocurre después es dramático. Los parientes ya se habían ido. Los esposos conversan. El escritor está muy molesto con ella, al encontrarla en ese estado. Y entonces ella entra en llanto. Llora con un llanto venido desde muy lejos. Veamos lo que cuenta Donoso[1]:

“Nos acostamos. Afuera la noche estaba inmensa y estrellada, era de primavera. Y entonces María del Pilar comenzó a llorar, a decir que ella no servía para nada, que yo la había echado por que ella no era capaz de darme un hijo o por que no me lo había dado todavía y quizá nunca me lo daría, que era basura, abyecta, que me dejaría, que claro, no merecía vivir a mi lado, que mejor se iba a vivir con el Pique – su perro- que cuando yo la necesitara, para lo que fuera, aunque no fuera más que para barrer la casa, la fuera a buscar a la caseta del Pique, que aullaba y aullaba, que la estaba llamando, que había luna llena, que ella me quería a pesar de todo y estaba a mi disposición, pero que no quería molestarme, porque no me merecía ello, ella solo se merecía al Pique”.

Por cierto que aquí se trasunta una relación difícil entre dos seres tan complejos como Donoso y María del Pilar, cada uno con sus aristas, zonas oscuras y sufrimientos interiores, además por cierto de sus talentos innegables. Y así como el escritor tiene sus manías y sus “locuras”, también ella tiene lo suyo. Tras su dependencia al alcohol, se esconde, sin duda, una historia temprana difícil en la relación con su madre especialmente, y como producto central de ello, problemas serios en la autoestima. De ahí que para ella sea crucial, en su vida como mujer adulta, poder darle un hijo al escritor, cumplir su rol como mujer, como esposa, como compañera. Darle un hijo y hacerle mas llevadera, acaso un poco más feliz la vida, a aquel hombre que ama.

Pero entonces, aquí se plantea la pregunta: ¿es que en el fondo de toda mujer, cuando decide hacer la vida junto a un hombre que ama, el tema de la descendencia es de importancia capital? Y si eso fuera así ¿a qué se debería?, ¿qué razones mas profundas se esconden en la mente o el psiquismo femenino para que ello sea así? ¿Es tan importante el tema de la descendencia que puede influir, marcar y hasta modificar la vida sexual de una pareja?

Respecto a esto último hay también otro pasaje – teñido de cierto humor negro- en el que Donoso refiriéndose a los tratamientos recibidos contra la esterilidad por parte de un tal doctor Zañartu, que llegó a gobernar la vida erótica de la pareja – de seguro, indicando qué fechas serían las mejores para que puedan tener sexo- dice:

“Como vivíamos en los alrededores de Santiago, pensamos seriamente en tomar un piso cerca del médico para hacer el amor, y correr donde Zañartu para que examinara a María del Pilar, recién poseída”.

Alguna vez, Freud se planteó la gran pregunta: ¿pero qué es lo que realmente quieren las mujeres? En buena parte dicha pregunta quedó sin respuesta. A lo más, el genial padre del psicoanálisis, llegó a esbozar con sus nociones del complejo edípico y de electra –para el caso de las mujeres-, y la famosa envidia del pene, una especie, no tanto de teoría, sino más bien de metáforas respecto a las ancestrales relaciones entre hombre y mujer, que vista a la luz de los avances actuales de la psicología, las ciencias sociales y las neurociencias no parecen ir muy de la mano.

Lo que si parece ser cierto, es que en las mujeres, por su propia condición física, anatómica, biológica, neurológica, psicológica y social, la maternidad es un aspecto subjetivo central. Podría decirse- a riesgo de parecer un pensamiento machista- que toda mujer, en el fondo de su ser y de su psiquismo, quisiera, obedeciendo no solo a los mandatos de los genes y la biología, sino también a los ancestrales designios de la historia humana- ser madre. Y con ello, sentirse, al final, completa como ser humano.

Por cierto, que a la luz de la época actual, muchas mujeres por diversas razones –involuntarias o voluntarias-, pasados los 40 años, no llegan a la maternidad, y que sin embargo en tanto poseen una autoestima más sólida, mayor confianza y seguridad en si mismas, no se les va la vida en aquello. Ahí está el asunto.

De otro lado y para terminar con el presente comentario, es claro que el sexo en la mujer – a diferencia del hombre, donde aquello es la fuente proveedora de placer- está esencialmente subordinado al amor. Amor que despliega para con su pareja, aquel hombre que ha escogido para hacer la vida, juntos y más adelante, amor incondicional para con sus hijos y familia. Larga vida pues a la mujer sobre la faz de la tierra. De los hombres no podemos decir mucho.

P. Libre, 2 de enero de 2011



[1] Op. Cit. “Correr el tupido velo”.

José Donoso: escribir o morir

Acabo de terminar de leer el libro de Pilar Donoso, “Correr el tupido velo”[1], relato sentido, especie de biografía escrito por la hija a partir de una serie de documentos revisados y de entrevistas postreras y que retrata la complicada existencia que le tocó vivir al lado del excéntrico y genial escritor chileno.

Y la impresión final que me queda es la de haber tenido la extraordinaria posibilidad de conocer a un ser humano complejo, descubrir la forma de vida de un artista, explorar desde dentro – aunque a él no le gustaba el término- su alma, atormentada. Es increíble la forma en que el arte y la literatura dominan completamente su vida. Leyendo este libro, pude aproximarme con conocimiento de los entresijos y recovecos de una mente creativa como la suya, captar acaso la angustia que lo atenazaba al no poder dar cauce a sus creaciones más importantes, entre ellas, sin duda, El obsceno pájaro…, sentir también, tan cercanamente, sus batallas interiores, para tratar de hacerse finalmente de un nombre y de un reconocimiento tanto dentro como fuera de su país.

Cuando le comentaba a mi esposa algunos pasajes de su tupida e intensa biografía -entre los cuales destaca la conflictiva relación que tuvo con su padre, quien según el escritor, se sentía frustrado por que no era el hijo que había deseado- y se iban perfilando algunos rasgos fundamentales de su carácter, entre ellos, su espíritu rebelde, inconformista, prácticamente de reto a la autoridad, que lo llevó a irse de su casa tempranamente; ella sorprendida me decía que antes de esto, se había imaginado a Donoso –luego de leer un artículo de nuestro gran Mario- como un hombre pantagruélico, excesivo, obeso, violento, algo loco. Pero que ahora tenía otra imagen de él, la de un hombre que en el fondo sufría con sus obsesiones y manías, hombre que se lamentaba no poder llegar a amar a las personas como en el fondo quisiera, pero más que todo ello, hombre que vivía y moría por el arte y la literatura.

De adulto, su mundo afectivo giraba en torno a María del Pilar

y de Pilarcita, su hija adoptiva. La historia de ésta, tiene todos los visos de un singular drama humano. Atormentados el escritor y su esposa, por no poder tener descendencia, deciden llegados a España, adoptar una bebe. Así lo hicieron. A partir de ahí, se inicia la historia de Pilarcita, al lado de dos seres –como ella lo diría más adelante- formados en la indefensión ante la vida, seres inteligentísimos pero que se abrumaban con la atención a las cosas cotidianas, tratando de afrontar las cuestiones prosaicas de la economía familiar, o los simples pero tan importantes asuntos de la crianza de la propia niña. De ahí que en algún momento, ésta dijera algo así: en vez de que ellos fueran mis padres, yo tuve que ver por ellos y criarlos.

La relación de Pilar con su madre, siempre fue difícil y compleja, acaso como los psicólogos decimos, relaciones entre madre e hija son de las más difíciles entre las relaciones humanas. Aquella envuelta en sus depresiones, en su afición al alcohol y en sus inseguridades y celos, incluso respecto a su propia hija; y la Pilar, arrastrando lo suyo: el no saber a ciencia cierta cuales eran sus orígenes, tratando de construir una historia familiar propia- como diría el escritor, una memoria acerca de la tribu- y estructurando sus afectos para con el padre y la madre que le tocó en suerte.

Pero volviendo a Donoso, en verdad todo era arte y literatura para él. Desde los inicios cuando para terminar su carrera universitaria viaja a los Estados Unidos y con un grupo de amigos funda una revista literaria, donde publica sus dos primeros cuentos en inglés, hasta sus últimos tiempos, batallando ya directamente contra la parca, enfermo por completo del hígado –una hepatitis C contraída probablemente unos 35 años antes de su muerte en los Estados Unidos-; siempre la literatura, el escribir, el dar curso a sus ideas en sus cuadernos- diario de escritor- como en sus cuentos y novelas, el fabular con mundos posibles, el dejarse llevar deliciosamente por la gracia de la palabra bien escrita, el construir personajes disímiles pero igualmente inquietantes, expresión profunda de su mundo interior -como la inquietante y graciosa abuela en “Coronación”; el indescifrable Mudito del “Obsceno pájaro…” o la gorda obesa, que lo tuvo atormentado hasta sus últimos tiempos de vida; estuvieron siempre en el centro de su vida mental y emocional. Todo lo demás era secundario.

José Donoso se fue de este mundo, hace ya varios años, pero su huella, su presencia como hombre apasionadamente entregado a su arte y su oficio, sigue vivo entre nosotros, los que pretenciosamente queremos seguir transitando por los caminos de la creación literaria.

P. Libre, 1 de Enero de 2011



[1] Donoso, Pilar: “Correr el tupido velo”. Alfaguara Editores. 2,009

jueves, 30 de diciembre de 2010

¿Se sigue jodiendo el Perú?

En frase de antología, Zavalita, de cara hacia la transitada y sucia avenida Tacna, en pleno centro de Lima, se pregunta: ¿En qué momento se jodió el Perú?[1] Desde entonces han transcurrido algo más de 40 años y aquella pregunta, de cuando en cuando, repica todavía en nuestras conciencias. Repica con más fuerza aún, en época cercana a las elecciones nacionales. Y es que aún no deja de sorprendernos el hecho de que la hija del dictadorzuelo y ladrón de ojos rasgados, cuente con cerca de un 20% de apoyo electoral. Y entonces uno se pregunta: ¿es posible que los peruanos sigamos sufriendo de este mal de la memoria, especie de síndrome de Korsakoff nacional?[2]

No está lejos de la verdad, Hildebrandt –el valiente periodista nacional- cuando refiriéndose a aquél, dice: “hombre que emputeció a las fuerzas armadas, hizo del Congreso un chiquero y suprimió el orden constitucional”. Eso, y el haber saqueado las arcas nacionales –los miles de millones de dólares por el remate de las empresas públicas- con la banda, que encabezaba su siamés moral, Montesinos, además de la sistemática violación a los derechos humanos, sería suficiente como para marcar a fuego a dichos sujetos, para nunca más pensar en un retorno a su brutal y delincuencial régimen.

Pero, como bien se dice, una cosa son los deseos y otra, la dura realidad. A inicios del 2005 –hacía unos escasos 4 años de la caída del régimen- en pleno gobierno de Toledo, se produjo el llamado Andahuaylazo, asonada ridícula encabezada por los trasnochados hermanos Humala. De inmediato empezaron a sonar voces, por diversas partes del país, que le brindaban apoyo moral a dicha aventura. En el fondo, eran los mismos de siempre, aquellos que nunca confiaron en el sistema democrático, y que insultos más o insultos menos, consideraban a Toledo, un inepto, para gobernar el país. Y entonces, fantaseaban con la vuelta al poder del hombre fuerte. Es sorprendente, pero en ese contexto, en algunos sondeos de opinión realizados, Fujimori, empezó a contar nuevamente con importante apoyo. Increíble, pero así es nuestro país. Luego vino todo el suceso referido a la captura del impresentable nisei, su juicio y condena, hoy su purga en prisión, y sin embargo, existe aún en la sociedad peruana, una vertiente dura de fujimorismo supérstite.

Y no se piense que solo se trata de sectores empobrecidos de la sociedad peruana, aquellos humildes hombres y mujeres que en los lugares más alejados del país, recibían agradecidos un kilo de arroz o una botella de aceite de parte de los funcionarios del régimen; sino también de sectores de clase media y alta en el país. Claro, por que en primera instancia, cuando uno se pone a pensar en cómo fue posible que se instaurara un régimen de horror, de desprecio a los derechos humanos, de repudio a los partidos políticos y de práctico rechazo al sistema democrático, uno podría decir, que no se valora lo que no se conoce, y por tanto, sería una interpretación más aplicable para lo que pudiera suceder con los primeros sectores sociales mencionados, pero ¿cómo entenderlo en mente de personas medianamente ilustradas?

El suceso más sorprendente fue acaso el de aquel cura, hoy cabeza de la Iglesia católica peruana, cuando refiriéndose a los derechos humanos, dijo que eso era una cojudez. Entonces, en el fondo del asunto, hay una cuestión de Valores. Y en esencia es como que a cada momento se manifiesta en los diversos actos de nuestras vidas, la eterna lucha entre el orangután que llevamos dentro, aquella ineludible naturaleza biológica, todo aquello que nos viene de fábrica – y ahí tenemos entonces a los impulsos primarios, las reacciones elementales de ira, violencia, miedo, placer- es decir todo aquello que nos liga y emparenta con nuestros antecedentes proto humanos vs. aquello que trae la civilización, la educación, los valores de la tolerancia, el respeto al otro, la libertad; expresión toda ella de la conquista civilizatoria, asunción y defensa irrestricta de los derechos de la persona humana.

Y esta conquista a nivel de valores, que es lo único que nos diferencia de lo primitivo, de lo salvaje, de lo prehistórico, se incuba al interior de cada mente individual, teniendo como soporte micro social, a los padres, la familia y luego, su comunidad. Los prejuicios, el racismo, la intolerancia, es lo natural; eso viene de fábrica. El respeto al otro, la tolerancia, la libertad, eso se aprende, se logra con la educación – que nace desde el hogar y que en el mejor de los casos, se redondea en la escuela, pero más aún, en el conjunto de la sociedad-; y ello es lo que finalmente nos hace verdaderos seres humanos. Lo otro es pre historia y cultura de las cavernas. No sigamos pues jodiendo al Perú, cada día.

P. Libre, 30-12-10



[1] Vargas Llosa, M. “Conversación en la Catedral”. Edit. PEISA. 1,996

[2] En el síndrome de Korsakoff, propio de pacientes alcohólicos, se afecta tanto la memoria retrógrada (hasta por décadas, hacia atrás), como la memoria anterógrada (no pueden grabar nuevos aprendizajes).

Deicidio creativo vs. Realismo prosaico

Decía Vargas Llosa, que José Donoso era pura literatura[1]. Incluso contaba que cuando fue a verlo a su casa en Mallorca, parecía que aquel recibimiento era toda una puesta en escena teatral. En primer término, que Mario no debía llevar a su madre. Luego, en la víspera, María del Pilar, azorada, llamando para suspender la cita, por que Pepe no encontraba los espejitos. ¡Qué carajo son esos espejitos¡ habría pensado, francamente molesto, nuestro escritor. Luego la siempre atenta María del Pilar, le contaría que Pepe, cada tarde en que sentía la cercanía inefable de la parca, lo consultaba, para ver cuan cerca se hallaba aquella. En fin, el hombre tenía sus manías y obsesiones, pero vivía en cuerpo y alma entregado al arte y la literatura. “Un loco genial”, diría nuestro escritor.

A propósito de ello, la pregunta que me hacía era: ¿se puede realmente vivir entregado de modo pleno al arte, la música, la poesía, la literatura, sin que ello afecte nuestro diario vivir?

Hace poco el propio Mario, sorprendió a propios y extraños en todo el mundo, refiriéndose con sentido cariño a su compañera de toda la vida, Patricia, recordando, con gracia, que ella es tan buena, que hasta cuando le riñe le hace un bien: “Mario, tú para lo único que sirves es para escribir”.

Mas allá de cualquier reacción emocional o de hilarante respuestas del auditorio, lo que para nuestro propósito sirve, es para entender hasta que punto un hombre entregado en cuerpo y alma a su pasión, en este caso, la literatura, puede desprenderse de las cosas mundanas, ponerse más allá de las grises y tediosas cuestiones prosaicas de la vida.

En la historia de la humanidad, esta pugna eterna por dar cauce libre al sueño, la utopía, la desbordante imaginación, el afán supremo por crear una realidad distinta que la que nos rodea- acaso gris, empobrecedora, en muchos casos, miserable- parece ser una constante. Como bien lo dijo en su discurso, nuestro Nobel, sin las ficciones de la imaginación y la literatura, venida desde antaño- desde cuando a la luz de una hoguera en las cavernas, los contadores de cuentos, fascinaban a sus oyentes- la vida humana sería muy pobre. Con ella, la literatura, alumbrando maravillosas fantasías, fascinantes historias en las que siempre terminaba venciendo el bien sobre el mal, nos hicimos más críticos, más inconformes con la realidad real, y entonces nos pusimos a trabajar o luchar, para que la vida, se tornara más bella, más justa, más noble, vida digna de ser vivida.

Pero entonces tenemos que en el plano personal, existen ciertas personas que van a dedicar su vida a esta labor, diríamos, especializada, de crear belleza, de ficcionar e inventar mundos posibles, de alumbrar historias maravillosas en donde todo puede ocurrir, de ser demiurgos de seres fascinantes, turbadores, que acabada de repente la historia, se quedan a vivir para siempre con nosotros, tal como ocurre con el Jean Valjean de Víctor Hugo, para siempre perseguido por el inefable inspector Gerard, por calles, túneles y esclusas del viejo Paris; la incansable Lena de “Luz de agosto” que recorre kilómetros de kilómetros, embarazada, para encontrar a su hombre o la atormentada Alejandra, que enloquecida- y enloqueciendo a Martín- se acerca, fascinada a los terribles acantilados de la muerte en aquella maravillosa y conmovedora obra que es “Sobre Héroes y tumbas”.

Estos seres especiales, son los creadores, son los artistas. Cuando lo son en cuerpo y alma, pasan por la vida, como seres etéreos, enigmáticos, fascinantes, indescifrables. Y efectivamente suelen estar por encima del bien y del mal – conozco a varios de ellos, entre ellos, acaso mi propio hijo, músico en todas sus células- y de las cuestiones prosaicas de la existencia. Pero deben sobrevivir. Y entonces cuando tienen la suerte de encontrar a personas que se puedan ocupar de dichos asuntos cotidianos, pues siguen adelante. Así habría ocurrido en el pasado, cuando los mecenas, a la manera de los Médicis en la Florencia del renacimiento, garantizaban al creador el necesario sustento para que pueda dedicarse en cuerpo y alma a su arte. De ahí, tenemos que agradecer entonces a dichos Príncipes, Duques y Condes de la época antigua, por habernos dado un Miguel Ángel, un Leonardo o un Sanzio. En la era contemporánea, lo que ocurre es que dichos creadores, demiurgos de mundos posibles, encuentran de repente padres, familiares o una pareja que pueda ver por ellos, de tal modo que el ocio creativo pueda verse garantizado. Así habría ocurrido, hasta cierto punto, con don Pepe Donoso, o el mismísimo Mario.

Hasta aquí todo puede entenderse de buen modo; es decir que en la disyuntiva de irse por los caminos de la imaginación, de la creatividad, del sueño y la utopía en el plano personal o irse por el realista camino de la vida cotidiana y prosaica, podemos optar por lo primero, teniendo en cuenta la ejemplar vida de los grandes creadores de la humanidad. El problema aparece en el plano político. Y aparece cuando el sueño, la fantasía, la propia utopía se imponen en el campo de las decisiones de gobierno, impregnan los programas sociales o económicos a aplicarse en la realidad.

Ahí, y eso lo he ido aprendiendo con el tiempo, se requiere más de pragmatismo que de sueños. Se pueden, por supuesto, y se deben, mantener los grandes principios de lucha por la justicia, la igualdad, la solidaridad, el respeto mutuo, pero luego cuando se quiere llevar todo ello a la práctica, tenemos que hacerlo sobre el prosaico, aburrido, tedioso, terreno de la democracia, de la tolerancia, de los consensos, de los programas a corto y mediano plazo, en fin, todo lo que debe formar parte de la buena política. Ese es el camino que desde la izquierda inauguraron hace unos años, Michelle Bachelet en el hermano país del sur, y el legendario líder obrero, Lula, en Brasil, y que hoy, esperanzadoramente, pretende recorrer Susana Villarán en el Perú.

Acaso, el gran drama de América Latina, haya sido que se confundieron las cosas, y la utopía, el sueño y la ficción impregnaron la política, mientras que lo prosaico, lo trivial, lo gris, inundó la mente de nuestros creadores.

P. Libre, 28 de Diciembre de 2010



[1] “José Donoso o la vida hecha literatura”, en: Vargas Llosa, M. “Sables y utopías. Visiones de América Latina”. Edit. Aguilar, 2009.

El miedo a tocar las estrellas

Parece ser claro que las personas – en relación directa al micro clima cultural en que nacemos y nos criamos- incubamos una especie de traba o resistencia interior para avanzar hacia el éxito pleno y “tocar las estrellas con las manos”. No se si ello sea más marcado aún entre los peruanos. Aquellas frases de antología de: “casi nos clasificamos al mundial”, “casi le ganamos a Brasil…bueno, le empatamos” o “casi ganamos el Oscar”; nos hacen pensar que algo de ello parece darse entre nosotros. Y quizá lo peor de todo, es con esa medianía en los logros, nos sentimos felices.

El caso es que capacidades y talento tenemos. La muestra de ello es que en los diversos campos hay ciertos individuos que logran las cimas del éxito: en la gastronomía, tenemos a un Gastón; en la literatura, antes a un Vallejo, un Eguren, un Arguedas, ahora un Vargas Llosa; en la pintura, antes un Sabogal, hoy un Szyslo; en la historia, un Basadre; en la música, un Pulgar Vidal, un Celso Garrido Lecca; en el ajedrez un Julio Granda, y así por el estilo. ¿Pero por qué esto no se hace algo general?

Pienso por que en el fondo, tenemos miedo. ¿Miedo a qué? Por un lado, miedo a ser diferentes –quizá más cómodo es quedarse en la uniformidad de la medianía-, miedo a atreverse a mirar hacia arriba. Miedo a contemplar la luz de las estrellas, miedo a soñar que podemos alcanzar una de ellas y cubrirnos con su luz, miedo a mirar las alturas, las cumbres y cual Jorge Chávez moderno, querer remontarlas, miedo a que de repente, estando en lo mas alto, algo o alguien, nos haga perder el equilibrio y caer, en picada. Es entonces, que en muchos casos, habiendo avanzado buen trecho, dando muestras plenas de nuestro talento, estando muy próximos al triunfo final, es que buscamos- de modo inconsciente, claro está- el pretexto perfecto para no triunfar. Es como aquella imagen de Eddie – Paul Newman- en la excepcional película “El audaz”, que cuando ha venido ganando durante toda la noche en el billar a su rival – un gordo mafioso- accede a seguir jugando unas partidas más, pero previamente se manda media botella de whisky entre pecho y espalda. ¿El resultado? Pierde todo lo ganado – en la película, unos 12, 000 dólares-, ah, pero tiene una buena coartada: “Es que estuve ebrio”.

Aplico al campo de la literatura lo antedicho. José Donoso[1], el extraordinario escritor chileno, gran amigo de Vargas Llosa, cuenta en algunas entrevistas lo dramático, doloroso y agónico que fue escribir y terminar su gran novela: “El obsceno pájaro de la noche”. Fue tan terrible el reto, que terminó completamente enfermo de úlceras sangrantes. Y entonces ocurría que cada vez, que retomaba su novela –la cual tenía en elaboración por varios años- nuevamente sufría de un ataque de úlceras. Era como que su propio cuerpo, su organismo, sus tripas, se opusieran, se resistieran a que él diera cauce a su creatividad y pusiera fin a su obra magna. Hasta que años después, encontrándose en una universidad norteamericana – su mujer, María del Pilar y la Pilarcita, su hija habían quedado en España- batallando con sus demonios interiores, queriendo terminar con su novela, le vino una crisis de úlceras terrible, que lo llevó al hospital. Allá, los médicos, para calmarlo, le aplicaron morfina, sin saber el efecto, podría decirse, catastrófico que le produciría. El caso es que Donoso enloqueció. Le vino una crisis de paranoia tal, que veía enemigos por todas partes en el hospital, gritaba, aullaba, se sumió en el delirio. Pero luego de un par de semanas, salió de su crisis. Y cuando fue recobrando la lucidez- así lo cuenta él- vio con completa claridad, cómo es que iba a dar curso y terminar con “El obsceno pájaro…”. Había encontrado, luego de su crisis, el tono, la atmósfera, el sentido profundo de lo que quería decir con esa novela. Así fue que la terminó, y luego se convirtió aquella en su novela más celebrada.

Quizá el caso da para un análisis mucho más profundo en términos psicológicos y humanos. Uno podría preguntarse ¿y por qué tuvo aquella crisis de paranoia?, ¿tiene algo que ver la locura con el arte, en este caso, con la literatura? ó ¿los demonios interiores- como gusta llamarlos Vargas Llosa- en el caso de Donoso, de algún modo ligados a sus sufrimientos afectivos tempranos, pues nunca se sintió amado por su padre, y por ahí, un hilo para entender su aparente homosexualidad- eran tantos y tan cargados que en determinado momento, irrumpen fuera de todo control consciente?

Pero aquí, tan sólo quisiera referir lo siguiente: Donoso por aquella época tiene miedo a dejar salir todos sus demonios interiores, tiene miedo a expresar todo lo reprimido – aquel mundo de brujas, de encantamientos, de locura, de cosas aparentemente sin sentido- pero que están ahí, y que no lo dejan vivir tranquilo. El es un artista, es un creador y busca realizarse por esa vía. Pero por años, permanece trabado, atascado, su historia, su novela, no fluye. Y él se siente mal. Entonces es que su organismo expresa la tensión, la angustia, y aparecen las úlceras. Aquellas úlceras, que amenazan con llevarlo hasta la muerte. Al final, y de modo paradójico, las mismas úlceras, en su mayor expresión de crisis, serán las que lo llevaran a descubrir el camino, que no es otro, que el de atreverse a crear libremente y escribir finalmente todo aquello que en el fondo de su ser había querido escribir. Después de ocurrido aquello, Donoso empezará a gozar de lo que se llama el éxito y el reconocimiento internacional, casi[2] al mismo nivel que un Carlos Fuentes, un Cortázar o un Vargas Llosa.

Podríamos analizar también el caso de otros grandes escritores y como la creación fue para ellos una lucha titánica, cuerpo a cuerpo con sus miedos y resistencias interiores, tal como fue el caso de José María Arguedas o Julio Ramón Ribeyro, pero eso será materia de otro artículo.

Concluyo señalando que tenemos miedo pues a ser triunfadores, miedo a lograr el éxito pleno, miedo a “tocar las estrellas con las manos”; y entonces la gran lucha cotidiana consiste en romper, superar dicha trabazón interna, atreviéndose a alzar vuelo, abriendo campo libre a nuestros sueños y viabilizar de modo terrenal, el talento. No debemos buscar coartadas para el fracaso; al contrario, estar muy atentos para no sucumbir a los torvos rumores, que desde el inconsciente parecen estar siempre al acecho.

P. Libre, 27 de Diciembre de 2010



[1] Ver: Donoso, Pilar: “Correr el tupido velo”. Alfaguara Editores. 2,009

[2] Quizá la única diferencia y por ello, el “casi” es que sus libros no se convirtieron en “best seller” mundiales, pero que tenían igual nivel literario, ni discutirlo.