jueves, 5 de enero de 2012

Paris: Visita a la tumba de Vallejo

Hace un tiempo fui víctima de un robo: se llevaron mi maletín conteniendo mi laptop. Lo que más lamenté por esos día, no fue el tanto el valor material de la máquina – que la tenía-, sino todo lo que ella contenía. Lamentablemente, y por un inexcusable descuido, en el mismo maletín llevaba una USB que contenía por seguridad, una copia espejo. Así pues de pronto, me vi privado de una serie de materiales: programas, documentos, fotos, y videos diversos, acumulados en los últimos tiempos. Entre éstos, acaso la pérdida que mas lamento, fue aquel video * que, en medio de sentida emoción, grabé al lado de mi hijo, cuando a inicios del 2,009, pudimos visitar la Ciudad luz. Y particularmente entre todo lo que llegamos a ver y conocer en las mágicas 48 horas que estuvimos por allá, lo más impresionante, fue, sin duda, la visita a la tumba de nuestro genial poeta, en el cementerio de Montparnasse.
Ese día, luego de  maravillarnos en la contemplación de la mítica torre Eiffel, continuamos camino por las orillas del Sena. Contemplando el vaivén de sus aguas claras, soñé que por esos mismos senderos transitaron alguna vez Hemingway, Fitzgerald, Cortázar, o nuestros queridos Ribeyro, Bryce y Mario. Por eso quizá me vino la tentación de querer llevar en un pomito un poco de sus aguas. Así lo hice. Armándome de cierto valor, de modo furtivo, bajé por una de las explanadas, me acerqué al borde y en un descuido de uno de los vigilantes, pude introducir el pomo en las legendarias aguas del Sena. Mi hijo, hacia un lado, contemplaba.  Luego, portando el preciado líquido nos fuimos retirando. Yo feliz, de poder llevarme a mi tierra algo de Paris. Lamentablemente, luego dicho pomito, no pasó el exhaustivo examen hecho en el aeropuerto y con pesar, tuve que dejarlo en manos de una rubicunda e implacable agente francesa. 
Pero decía, que luego de esa excursión por el Sena, nos dirigimos hacia el barrio de Montparnasse. Preguntado por ahí – algo en francés, algo en inglés- nos dijeron que sigamos caminando, hasta llegar a la altura de aquella torre que se veía a lo lejos. Efectivamente seguimos nuestro camino. La torre era el objetivo. Quien diría, que aquello que parecía estar tan cerca, en verdad, estaba a más de 1 kilómetro de distancia. Pero, sacando fuerzas de flaqueza, y combatiendo principalmente el acezante frío, avanzamos. Y finalmente, llegamos. Aquella torre era un emporio comercial, transnacional. Rascacielos deslumbrante, armazón de hierro puro y vidrio templado, que se perdía en medio de las nubes.
Bordeamos pues la Torre y de pronto, ingresamos al mítico barrio de Montparnasse. Era claro, que ya estábamos en el lugar anhelado, centro de concentración bohemia de tantos y variados intelectuales a través del tiempo. Avanzamos por una callecita, plena de casas de primera planta, con flores de variados colores en las ventanas y póstigos. Un poco más allá, la zona de los teatros. Afiches coloridos, cortinas de abigarrados colores, invitaban al ingreso. Seguimos avanzando. De nuestras bocas, tan sólo, vapor, humo, exhalación; en los huesos un frío gélido.
Hasta que por fin dimos con el cementerio. Hacia un lado de la puerta de ingreso, una placa algo grande, contenía nombres de los ahí enterrados. Rápidamente busqué y luego de Balzac, Camus, Gide o Malraux, y antes del legendario Víctor Hugo –fíjense nada más en tamaña compañía-, ahí estaba nuestro cholo querido, el gran César Vallejo. ¡Intensa emoción! Ingresamos. Ahora teníamos que ubicar el pabellón y la tumba. Eso nos llevo unos 10 a 15 minutos. Cuando casi ya estábamos por desistir de la tarea, mi hijo, que se había alejado unos metros, exclamó: ¡Papá, lo encontré¡ Qué maravilla. Venir de tan lejos, y haber podido llegar, finalmente, a la tumba del paisano.
Reverenciadamente nos acercamos. Y en efecto, ahí estaba la tumba con su nombre completo: CESAR ABRAHAM VALLEJO de PERU. Algunas flores marchitas sobre su tumba de piedra. También, sorprendentemente, unos piedritas- al parecer peruanas-, unos choclos ateridos también de frío, y hasta una lámina “Huascarán” –como las que solíamos usar en nuestra época de escolares-, pegada a la tumba, con la imagen del poeta.
En silencio, elevamos una oración por su alma. Nos persignamos y yo pensé que acaso eso era lo que se llamaba, felicidad. Miré con todo amor a mi hijo- fugazmente soñando con que un día, él también, quizá, podría tocar las estrellas con las manos-, lo tomé del hombro y le dije: tarea cumplida hijo. Nos vamos.
P. Libre, 15 de Enero de 2011
*Felizmente pude luego recuperar dicho video, y ahora –habiendo aprendido a subir material por youtube- lo comparto con Uds.

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