miércoles, 11 de enero de 2012

Los imperdonables

Una de las películas del gran Clint Eastwood, que me faltaba ver era “Los imperdonables”. Anoche la vi y el impacto emocional que me produjo, fue igual o acaso mayor que cuando especté “Río Místico”, “Million dollar baby” o “El gran Torino”.  Qué maestría la de Eastwood para retratar las profundidades del alma humana, las zonas más oscuras y enrevesadas de la psique, que precisamente nos hacen humanos, sencillamente humanos.
La historia es hasta cierto punto muy simple: un par de pistoleros, en verdad criminales a sueldo del pasado, son tentados por un fanfarrón muchachito – eso lo irían descubriendo a lo largo del film- para dar cuenta de un par de matones que han abusado y acuchillado a una prostituta –desfigurándola-  en el pueblo de…y en base a ello, cobrar el botín de 1,000 dólares.
Henry Manny (personaje que encarna Eatswood) se había quedado viudo, se dedicaba a criar chanchos y cuidaba de sus 2 hijos. Hacía 11 años, que se había retirado de aquella vida, plagada de borracheras, violencia y crímenes. Según decía, cuando conoció a su mujer, madre de sus hijos, cambió. Ella le hizo dejar el trago y la mala vida. Pero ahora, pasaba penurias económicas, y en el fondo de su alma, algo le decía que esa no era vida para él. Pero es cuando Kid, llega en su busca, y le propone el negocio de liquidar a ese par de abusivos matones y compartir el botín, y agrega que ese par de cabrones merecen morir por haberle acuchillado el rostro, los brazos y hasta las tetas a la puta, que él se queda pensando. No pasa mucho tiempo, para que, desempolvando su carabina y pistola, aliste su yegua parda y vaya tras él.
En el camino, pasa por casa de su amigo de andanzas de antaño, Ned, magistralmente interpretado por Morgan Freeman – que lo acompañó en “Million dollar baby” y en “Invictus” haciendo de Mandela- y le propone el negocio, de tal modo que los 1,000 dólares se repartirían entre los 3. El amigo tampoco lo piensa mucho y luego, juntos emprenden el camino para dar alcance al Kid. La primera noche, duermen a la intemperie, alumbrados por la cintilante luz de una fogata.  El amigo, entonces, dice que empieza a extrañar su cama, en realidad, más que su cama, Henry, con la mirada perdida en lejanías sin término, empieza a evocar lo que había sido su vida, como maleante y asesino a sueldo. Escenas extraordinarias. Instantes únicos, en que la imagen traduce la cavilación, la memoria, acaso la culpa y detrás de todo ello, el amor perdido, en el agrio y ajado rostro de un hombre, que ha vuelto a las andanzas.  Freud diría que es la compulsión a la repetición, en la vida humana, es decir, el alma que aparece sometida a una fuerza inexplicable, que actuando a contracorriente de su conciencia y voluntad, lo vuelve a llevar hacia los peligrosos acantilados, en este caso, de la violencia y la muerte.
Lo que ocurre después, es muy propio de los westerns ítalo- americanos. Crecí viéndolos, envuelto en un velo de asombro y fascinación. Desde mi mente de niño, no podía explicar, por que aquellos héroes o antihéroes, tipo Django o el pistolero de “Por un puñado de dólares”, desafiando a todas las leyes terrenas y celestiales, eran capaces de liquidar, solos, a cinco, diez o veinte que se le pusiera por delante. Pero como el Henry de esta película, eran pistoleros que no mataban por matar. Un motivo, un propósito, esconde siempre su violenta acción. En este caso, es el afán de vengar la muerte, en verdad, asesinato brutal de su amigo Ned por parte del sheriff del condado, hombre aparentemente justo, pero bestial en lo más profundo.
En el fondo, tras esta síntesis épica de todos los westerns que el cine produjo y producirá, se contempla la lucha y agonía del individuo, que va a contracorriente de lo establecido, hombre que se subleva frente a la injusticia, a su manera, con su estilo, plagado de violencia y muerte, y que cree que en la vida, hay causas por las cuales vale la pena poner en riesgo el pellejo entero. Él hombre concreto, de carne y hueso, actúa impulsado por sus emociones, sus sentimientos, sus valores propios. Él solo se los ha construido a lo largo de su azarosa existencia. No sabe si todo ello estará bien o estará mal, lo único que sabe es que alguna vez, él fue distinto, que luego se quiso volver un hombre normal, y que en circunstancias tan especiales, un mandato del destino –aparentemente son buenas causas: resarcir a la prostituta el daño que le hicieron, llevar una comodidad económica a sus hijos, vengar la muerte del único amigo que le quedaba-, lo lleva nuevamente a la búsqueda, al reencuentro con lo que, alguna vez fue, en la dorada y – así lo creía- perdida para siempre, época de la juventud. Podríamos imaginar el cansino paso de la parda yegua avanzando por entre las llanuras y montes del lejano oeste, portando un jinete, que repite: he vuelto a ser diferente, he vuelto a ser diferente…
P. Libre, 3 de Febrero de 2011


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